viernes, 5 de febrero de 2010

Fumar ya no es un pasote.

Cuando tenía 12 años me compré mi primer paquete propio, era Golden Mentolado. Suelo decir que fumando mentolados me he hecho a mí misma. Durante años, y variando según temporadas, he seguido fumando hasta los 22.

Tuve mis épocas en las que el tabaco era mi mejor amigo, negación del enganche (bueno, en principio tampoco lo tenía), luego una temporada en que quise dejarlo, fracaso y vuelta al fracaso.

La kioskera que me proveía de cigarritos sueltos, un día me agarró la mano y con otra clienta me dijo: ‘No deberías fumar, eres muy joven’. Con mi voz firme (tengo mucho carácter) le contesté: ‘Pues dame un chupachups’.

Ahora mismo me doy pena. Pero era una aférrima defensora del tabaco en mis años más jóvenes, pronto empecé a detestarlo.

Empecé a fumar mucho y a obsesionarme con lo mucho que fumaba pero sin poder ponerle remedio. Cuidaba a unos niños, así que cogí a la mayor (de ocho años), y le dije: ‘Guárdame este paquete de tabaco (no te lo fumes) y no me lo des por muy pesada que me ponga’. Y me dijo tajante: ‘Vale’.

A los 10 minutos le dije que me cambiara un cigarro por un flash de fresa y me contestó más tajante si cabe: ‘Vale’. Así que esa vez fracasé. Ni mi aliada ni yo éramos lo demasiado fuertes.

Más tarde lo volví a intentar. Los días que me quedaba en casa más o menos bien, apenas fumaba, pero el día que me tomaba una caña o quince (no soy de término medio) ese día me despendolaba, y sino lo hacía, miraba con envidia y odio reconcentrado a todos los que echaban humo por la boca y me sentía desconsolada y desdichada porque yo no podía, y si lo hacía, me tomaba ese cigarro como una maldita panacea, intentando sacarle todo el jugo asqueroso. Ahora me doy asco. Estuve en esa situación insostenible unos días, paulatinamente volví a mi estado anormal pero amargada.

Luego empecé a salir más, todos los días y vi que todos fumaban y sin darme cuenta dejó de preocuparme, en absoluto, fumaba y fumaba como nunca lo había hecho (nada más levantarme, habiéndolo tirado hace un minuto y demás cosas que no me acuerdo). No me preocupaba, como todo el mundo lo hacía al mismo ritmo infernal y yo iba borracha todo el día, pfff...

No sé, dejó de obsesionarme, fumaba porque fumaba, sin penar ni pensar. No me preocupaba dejarlo, pero lo que pasó no fue una semana de gripe en la que me dije ‘si he podido estar una semana...’ (estuve esperando que me pasara, pero es que soy fuerte como un roble y no cojo un virus), ni un pequeño susto. Lo que pasó no me lo creo ni yo.

Un domingo no salí. A vosotros os parecerá normal, pero mi círculo de amigos viciosos no pierden una y que yo no saliera ese día era extraño. Me leí un libro y al acabármelo, me dije ‘me apetece leer otro’, y como puesto por el destino allí estaba Es fácil dejar de fumar si sabes cómo. Había intentado leérmelo tres veces pero siempre me lo dejaba a medias. Lo empecé a leer y aunque en ese momento yo no pensara en dejar el fumeque (para nada) siempre me ha rayado el tema de la salud (el morirte de cáncer, vamos); así que lo leí con decisión.

Eran las 6 de la mañana y yo seguí leyendo, no sabía si me convencería o no pero yo quería que lo hiciera. Me entró sueño, estuve a punto de abandonarlo, pero fui fuerte. Pasé de las páginas que nunca había pasado. Cada vez quedaba menos y la emoción y la curiosidad estaban latentes en mí, así que seguí leyendo sin dormirme, intentando prestarle toda la atención. Llegó el momento del último cigarro, lo fumé y lo apagué un poco antes de lo que solía (hasta el filtro siempre) y me metí en la cama, pensando qué pasará mañana. ¿Seré capaz?

Lo que pasó al día siguiente, fue extraño. Fui a tomar unas cañas (qué raro) y mis amigas me decían: ‘invítate a uno’, ‘de verdad que no fumas, venga ya’, ‘toma, coge de mi paquete’, etcétera. No se lo creían, pero yo estaba expectante de mi día a día. Me daba miedo sobre todo al beber, porque ya conocía mi anterior experiencia. Ese día lo que noté de vuelta a casa era que algo me faltaba, una sensación como si me hubiera olvidado el móvil en el bar, una situación extraña. Y lo más chocante, fue cuando dijeron: ‘Nos vamos’, yo no las intenté convencer de ir a otro lado, lo acaté. Qué raro en mí, ¿no? Eso me jodía, pensaba yo: ‘A ver si ahora voy a perder mi carisma’.

Así pasaron los días, deseaban volver a meterme al tabaco, me observan y analizaban esperando una muestra de mi desesperación ante él, pero es que no la tenía, me la pelaba. Si acaso me apetecía solamente tenía que pensar el gran paso que había dado y que sabía que si me fumaba uno me fumaría mil detrás, y yo no estaba ya dispuesta a esa esclavitud permanente y asquerosa.

Al principio comentaban: ‘Pues a los tres días dicen que es lo peor’, ‘¿solo llevas tres días? Pues a los cinco viene lo bueno’, cuando los había pasado me comentaban ‘hasta pasar tres meses tienes mono’. Me ponían cada vez más metas estúpidas. También escuchaba: ‘mira qué carita, se muere de ganas por un cigarro’, y yo me reía como queriendo decir ‘una mielda pa ti’.

Ahora llevo seis meses y sin ninguna gana de fumar pero sí con miedo a recaída (me da miedo fumar sin darme cuenta, es una gilipollez, pero me pasa). Soy feliz y con carisma.

Lo conseguí fácilmente, con convicción y sabiendo que lo de fumar uno al día nunca funciona, es mejor tajantemente y teniendo muy claro que lo quieres dejar. Animaría a todo el mundo a que lo hiciera, sobre todo a los sufridores como yo que se acojonan ante cualquier noticia de cáncer y demás, pero que el único mecánismo de defensa que tienen es encenderse otro. En fin.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me das una endivia muy sana, guarra.

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